Garbanzos masala con curry rojo

Yo tenía una tita que se llamaba Mari Luz. Su historia, como la de casi todas las mujeres de mi familia, da para escribir un culebrón -ella hubiera dicho folletín- porque las mujeres por rama paterna han sido señoras de armas tomar. Y es que las guerras las suelen declarar los hombres. Son ellos los que hacen y deshacen, matan y rematan, y a las hijas y esposas -a parte de violarlas y vejarlas- les ha tocado siempre tirar para adelante entre cascotes y miserias. Así ha sido en todas y en nuestra guerra civil no iban a ser distintas las cosas...
Ella era la mayor de las chicas, es decir, el brazo de mi abuela allá donde el suyo propio no llegaba. Al morir mi abuelo pocos meses antes de comenzar la guerra, la familia se quedó en una situación económica algo complicada. Mis tíos estaban metidos en política hasta el pescuezo, uno vinculado a la Falange y otro al Frente Popular. Dicho así pensarás que los hijos de mi abuela Amparito estaban a la que se mataban entre ellos pero no, nada más lejos. Los Martín de los Santos desde aquel notario del rey -que fue quien nos compuso el apellido tan largo- desde aquel decía, los varones fueron todos muy dados a las tertulias, puestos de influencia y especialistas en ofertar pequeños favores y otras gracias con el ánimo de lucrar el caché negociante en una época en España, donde la valía se media por el número de hilos que el respetable era capaz de mover en un plumazo. Así que no es de extrañar, que preparados ante lo inevitable, mi familia estaba en misa y replicando... por lo que pudiera pasar.

Este posicionamiento en ambos bandos, ayudó a repartir a la familia en lugares seguros en un momento en el que España había perdido la razón y tanto unos como otros, se movían con listas interminables de nombres de vecinos a los que fusilar. Me contó mi tita Amparito, que la primera vez que los de la CNT pasaron por el pueblo donde mi abuela tenía una finca familiar, se llevaron al tío Luis, que aunque su nombre no estaba en la lista, un vecino del pueblo les dijo que ese era un señorito de Madrid con familiares en la Falange. A la que desfilaba camino de la tapia de la iglesia, un paisano comprobaba los nombres de la lista y apuntaba las nuevas inserciones. Le pidió un trozo de papel y un lapiz para escribirle una despedida a mi abuela. Dobló la carta y anotó: Entregar a Amparo Sevilla viuda de Martín de los Santos.
Ya estando en su lugar en el paredón, a la que se comenzaban a vendar ojos, un vozarrón gritó: quién es el hijo de Doña Amparo. Mi tío tardó en reaccionar, estaba como puedes imaginarte en un estado catatónico total. A la que se repite la pregunta, esta vez acompañada de alguna que otra palabrota, consigue articular palabra: "Yo". Ese yo le salvo la vida en primera instancia. En segunda, la amistad que el delegado del Frente de esa partida tenía con otro de mis tíos que parece que ya le había echado algún que otro cable en el pasado. A la que empujaba a mi tío fuera del paredón -y pedía un poco de vino para que el muchacho recobrara el color en sus mejillas- le regañó acaloradamente con palabras a lo "pero hombre, cómo que no nos has dicho nada! apunto hemos estado, hombre! oye, a tu hermano de esto ni una palabra que se entera y nos corta las pelotas" ... o algo así.
A mi abuela y a mi tita Mari Luz, las faltó tiempo para organizar la salida de mi tío Luis. Luz permaneció toda la guerra en Salamanca, acogiendo y enviando dependiendo del entuerto. Mi abuela desde Madrid, haciendo lo propio. Al terminar la guerra, a mi abuela ya casi no le quedaban hijos varones. Solo los dos más jóvenes, mi padre que era un niño y mi tito Ataulfo que era adolescente aún y se las ingeniaron no sé cómo para que no tuviera que combatir. Agotada y arrasada, así es como quedó mi abuela al fin de la guerra. Sin fuerzas ni medios para tirar. Fue entonces, cuando Mari Luz se echó la familia a cuestas y se cuidó que no les faltara de nada. Mi tito Ataulfo salió un poco rana,  malcriado e irresponsable metido siempre en negocios raros... lo digo por lo bajo sin que nos oiga nadie que las cosas de familia levantan muchas costras. Sea como fuera, fue ella y la fortuna de su esposo las que sacaron el naufragio a flote. Hay quien siempre dijo que aquel fue un matrimonio por dinero pero yo juro hasta donde mis recuerdo llegan, que mi tita amó al tito Bienvenido con toda su alma y que cuando enviudó -sí, con una fortuna que no le faltaban pretendientes- tuvo claro que ella iba a ser viuda de por vida, viudísima si hacía falta, porque si algo había aprendido de la vida es que no iba a pasar dos veces por esa perdida.
Esta es la última foto que nos hicimos con mi tita Mari Luz. Estaba ingresada con un cáncer de pecho que ya le había inundado todo el cuerpo. Luisfer, que es su ahijado, había hecho la comunión y como a ella le fue imposible ir a ver al niño, pues mi madre le volvió a vestir de marinerito para que ella no se quedara sin verle tan guapo. Fue la última visita que la hicimos. Ya no dejó que ninguno de los niños la visitáramos. Bueno, solo a los mayores nos dejaron ir una vez más. Ya no se pudo levantar más de la cama. Esa última visita la tengo casi olvidada, no me interesa recordar aquello. Me quedo con ésta, con sus rutinas de siempre: se vestía, se peinaba, se colgaba el bolso y salíamos a los jardines del hospi a pasear. Esta foto nos la hizo mi padre. Jesús Alberto, como siempre, no quiso salir. Que mala chufa se le ponía cada vez que había foto. Yo adoro esta foto aunque me arranca mis nostalgias. El pillejo que se ríe, era Juanpe. Se murió con solo 21 años. El bebote en brazos de mi madre, David, nuestro muñeco y el único de esta foto que el cáncer no le ha mirado a los ojos. El resto, o tocados o hundidos. 
Y una vez más, me he dejado llevar por las palabras. No era mi intención escribir esta entrada. Acabo de hacer la foto sobre la foto apenas hace un par de minutos. Te iba a hablar de luz, de luces y luceros... y mira, te dejo junto a esta receta un trocito de mis recuerdos. Voy a avisar a mis hermanos para que la lean que les hará ilusión recordar estas cosillas y seguro que volveremos a reabrir el debate de si el tío Luis fue el del paredón o fue el falangista que siempre andamos con los mismos líos en la cabeza.

La receta de hoy no es una receta adrede. Vino de prestado con estos roti canai pero me he dicho que bien se merecen estos garbanzos que se cuente su propia historia porque están deliciosos y es una manera diferente de comer legumbres.

Ingredientes:

  • 1 lata de garbanzos
  • 2 chalota
  • 2 dientes de ajo
  • 2 pimientos del piquillo asados
  • 1 cda. de especias Garam masala
  • 1 cdta. de curry rojo (1/2 si no te gusta muy picante)
  • 1/2 taza puré de tomate (o salsa de tomate)
  • 1/2 taza de leche de coco
  • el zumo de  1 lima o limón
  • cilantro fresco o perejil 
  • un poco de mantequilla purificada o aceite 

Preparación:
  1. En una sartén con un poco de aceite o mantequilla purificada, saltea las chalotas que habrás picado muy fino.
  2. Añade las especias, la pasta de curry y una majada con los ajos y los pimientos asados (machacados). Rehoga y añade los garbanzos.
  3. Añade el puré de tomate, la leche de coco y el zumo de limón. Deja que coja cuerpo a fuego lento unos 10-15 minutos. Puedes acompañarlo de una arroz blanco.

Pastel de coco y ruibarbo y mi refugio enletrado

Refugiarse en las palabras. ¿No es precioso? Qué frase tan llena de emociones. O no. A lo mejor es inservible, solo bella. Bucólica. O no. Queda linda escrita y se arrima más al alma que a la mente. Hay lecturas para ser más sabio y otras para dejar escapar los pensamientos. Otras se buscan para proteger el alma de desasosiegos o simplemente para encontrar inspiración. Novelas que siempre acaban bien, fantásticas, divertidas, ingeniosas o paranoides. Libros de texto —reconozco que estos siempre me han hecho mucha gracias porque bien mirado, jamás he dado con un libro orientado a la enseñanza carente de textos— pero, por dónde iba? libros! Eh, no, no nos liemos. Palabras. Hablaba de palabras que no siempre tienen que estar plasmadas, a veces son solo ecos o acústicas o rollos soporíferos de horas al teléfono relatando una y otra vez las mismas angustias, molestias y demás parásitos del día a día...
Ampararse en letras. Rizarlas, estirarlas y combinarlas hasta que suenen a consuelo, a refugio. O no. A veces tienen que sonar a fuga, a socorro y a heroicidades. Tal vez. O no. Buscar asilo o encontrar exilio. Cada cual sabe. Porque casi siempre son una necesidad de entendernos y hacernos entender. Esto para cuando salen. Cuando entran, ya sea por los ojos o por las orejas, llegan con ganas de saber, de explorar, de cuestionar, de empatizar... sí, de juzgar o criticar o maldecir también. No hay sentimiento bueno o malo que escape a su influjo...

Hay a quien le pesan los libros que no leyó y hay quien revuelve entre páginas de libros que nunca escribió. Hay quien no se atreve a opinar y quien no se lanza a relatar. Hay quien calla por no buscarse problemas y quien no sale de una para entrar en otra por culpa de su verbo, siempre directo, certero y carente de pomada. Hay todo un universo físico y metafísico rondando a la palabra que actúa a modo de hermandad benéfica, socorriendo a nuestras almas y neuronas de la pobreza de espíritu y nos libra por los siglos de los siglos de ser trozos de filetes con ojos... sí, me repito. De esto ¿cuántas veces ya he hablado? pero da igual. Hay que insistir. Hay que seguir chaspando y leyendo y escuchando... 
Porque si algo me aterra, es quien la usa para criticar por la espalda. Quien la omite para que su ausencia sea dañina. Quien usa el silencio para luego manipular mi léxico con el fin de crear confusión e inseguridad en mis jugos gástricos —dicho en plata, para patearme las entrañas—. Para quitarme aplomo, vaya. Se me clavan como un puñal esas palabras que fueron mías, que las usé para explicar un enfado, una decepción y se las sacó de su lugar y de su contexto para devolvérmelas envenenadas, haciendo una parodia de mis argumentos solo para poder justificarse ante los demás. Cuando alguien querido te viene a decir "me importa un comino lo que sientas. Lo que me preocupa es que los demás piensen mal de mí. Y para que nadie me cuestione, hago de ti un esperpento y a mí los laureles".
Y pese a las decepciones y a las lágrimas expulsadas —me enorgullezco de afirmar que yo a mis fracasos amistosos los lloro durante días, a veces durante semanas— me reafirmo en el convencimiento que hay que creer, a pies puntillas escúchame bien, en la amistad. Un fracaso no es un desengaño. Es un mal paso. Y aquí pongo a mis letras por testigo de que cuando esto pase, lo mejor que puedes hacer es refugiarte en las letras, para así limpiar el ego y entretener al alma que falta le hace. Y para cuando levantes la mirada, verás que ese refugio está lleno de viajeros que también dieron malos pasos y que los cardenales no les afeó la piel. 

Este pastel se convirtió en un refugio. Se hizo a la ligera, cargado de parloteo y con un fin preclaro: alimentar tripillas, alegrar paladares y devolver la fe a los afectos. La energía ni se crea ni se destruye. La amistad funciona igual.
(Receta inspirada en ésta de aquí)
Ingredientes:
  • 150gr. de harina
  • 1 cdta. de polvos de hornear
  • 100gr. de azúcar
  • 100gr. de mantequilla derretida
  • 50gr. de coco rallado
  • 4cdas. de zúmo de frutas o agua
  • 50gr. de marzipan (mazapán)
  • vainilla
  • un buen tazón lleno de ruibarbo a gusto de cada casa
  • 2 cdas. de azúcar moreno para expolvorear

Notas
  1. El coco rallado lo he molido para conseguir una textura más fina. Hay gente que tiene más problemas con la textura del coco que con su sabor. Es una forma de que quede la miga más delicada.
  2. Este mazapán es una masa de almendras y azúcar muy típica del centro de Europa. A diferencia de nuestro dulce navideño, no está horneada ni lleva clara de huevo. En cualquier caso, se puede reemplazar por cualquier resto de mazapán navideño o por crema de almendras (en España la he comprado en mercadona)

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 170ºC.
  2. Mezcla en la procesadora o con unas varillas eléctricas, el azúcar, el zumo, la vainilla y la mantequilla derretida hasta que el azúcar se integre por completo. Añade el coco rallado, la harina y los polvos de hornear.
  3. Mezcla un puñado de ruibarbo en la masa y la transfieres a un molde (el mío es de 20x24cm) previamente forrado con papel de horno. Para que se adapte mejor al molde, lo mojas en agua corriente, lo escurres y lo forras. 
  4. Ralla el mazapán sobre la masa. Cubre con una capa de ruibarbo y espolvorea un poco azúcar moreno por encima. 
  5. Hornea hasta que el bizcocho esté cuajado (pincha en el centro con un palillo y cuando no tenga restos de masa estará listo. Apaga el horno y deja que repose dentro del horno unos 5 minutos para que seque por completo el ruibarbo y no nos moje en frío el pastel.

Mermelada de fresa y ruibarbo para recordar

Recuerdo haber publicado los waffles justo antes de que llegara Álvaro. Me dije, hazlo ahora que después no tendrás tiempo. Ahora está a punto de marcharse y me he dicho, hazlo ahora que después no tendrás ánimo. Estos periodos me los conozco. Estas dos semanas en casa, son un clásico familiar. Es el único periodo del año que él puede venir a nosotros. El resto de encuentros debemos ir a él, no hay más remedio. Estos son días de dormir mucho, de estar tirados en el sofá, vagabundear, reír y recordarle a Lucas que los españoles hablamos a gritos, algo que al ser guiri le cuesta un poco de entender, porqué las personas gritan cuando son felices y están a gusto... 
Y a gritos, contando batallas, nos hemos ido a la playa, a la frontera entre Eslovenia e Italia, donde hemos paseado por Triste recordando los más de 500 años que fue austriaca y lo bonita que ha quedado esa fusión italo-ostereija (trascribo la pronunciación porque si lo escribo en germano, fliparás sin remedio). Hemos comido pizza y nos han clavado -como está mandado- por ser turistas. Hemos disfrutado de un aparta-hotel que nos dio el mejor apartamento del complejo a medio metro de la playa. Tuvimos un par de desvarios, afirmando que nos íbamos a quedar a vivir allí. Ya me gustaría, ya! no solo por la terraza a media zancada del mar sino además porque aquí la menda no hizo ni el huevo. A mesa puesta todo el día, pasando por el partidillo diario que ese no me lo han perdonado los futboleros de mi casa, que como en todas las buenas familias, siempre hay alguno...
En resumen, felicidad. El tiempo voló como hace siempre el muy canalla. Pero si alguien me preguntara aquello de lo que hablamos una vez sobre ¿oye, qué tal andas de amor? pues le diría, voy sobrada. Porque estas dos semanas me han dejado muchas escenas preciosas, no solo con mis hijos, sino también con mi costillo que tiende a descentrarse cuando debe compartir mis atenciones. Muchos besos, caricias y apretones carnales, risas y hasta estrecheces que el coche me recordaba a aquellos años en los se viajaba sin poder ni mover los pies... gracias amor, no sé si tienes forma como de estampita de santos o perteneces al olimpo y le cargas las flechas al cupido. Ni idea. Lo mismo eres ese dios que ninguna religión a ciencia cierta se pone de acuerdo de cómo y qué eres. Yo sé que existes porque de vez en cuando, te tiras el rollo con la familia Nobis y nos regalas un par de semanas de amor completo, sin ausencias:-)  
Siempre he sido reacia a publicar recetas de mermeladas y por una simpre razón. No funcionan. Cada mermelada tiene sus particularidades y lo que me va a mí, a ti no te cuadra. Llevo preparando nuestra provisión para el invierno ya va para cuatro años. Suficientes para regalar y no tener que comprar. El plan suena maravilloso, lo sé. ¿Ya te he dicho que soy muy afortunada? El caso, es que contra más experiencia tengo, más segura estoy que para hacer una buena mermelada no hay que seguir recetas sino instintos...

Lo primero, por las proporciones. Son siempre orientativas dependiendo de la fruta. Los albaricoques necesitan más azúcar y las fresas gelé. Los frutos del bosque, sobre todo las grosellas (uva grosella, grosella roja y negra, etc.) son tan ácidos que no necesitan limón. A las frutas de color naranja les gusta mucho aderezarlas con un poco de vainilla y a las rojas les gusta el ron. A las negras, un poco de canela... cada cosa, en cada casa, tiene su truco.
A nosotros nos gustan no muy dulces y que conserven aún el sabor a fruta. Para ello, importante no superar la cocción de media hora para un kilo de fruta y unos 20 minutos si haces menos cantidad. Cuando hago los peroles de varios kilos (a medida que cosechamos) la cocción cambia y ahí hay que ir improvisando... ¿consejo? si no tienes mucha experiencia, empieza a hacer mermeladas en pequeñas cantidades.

Otro factor a tener en cuenta cuando las haces más ligeras de azúcar y en cocción corta, es que quedan mucho más líquidas. Contra más la cueces más se concentra el azúcar y eso la hace espesa. Pero en tiempos cortos, no. Necesitas espesar la mermelada con polvos de gelatina. Este es un país de mucha tradición de mermelada casera así que en todos los supermercados hay productos para gelificar mermeladas, compotas y siropes. Pero mi consejo es usar cualquier gelatina en polvo porque todas hacen la misma función.
Ingredientes:
  • 1 kilo de fruta (fresas y ruibarbo)
  • 1/2 kilo o un poco menos de azúcar moreno (le va genial al ruibarbo)
  • 1 limón en rodajas
  • 1 cdta. de gelificante con una cuahara de azúcar extra
  • tarros estériles u un poco de ron para mojar las tapas y los bordes

Preparación:
  1. Esterilizar los botes y tapas la baño maría 1/2 hora. 
  2. Cortar la fruta en trozos, pesarla y añadir la proporción de azúcar (en un 2 por 1. Es decir, una medida de fruta y la mitad de azúcar)
  3. Ponerlo en una cacerola que no llegue a cubrir ni la mitad para evitar que salpique. Llevarlo a fuego medio junto con las rodajas de limón.
  4. No cocer a fuego mínimo. Siempre a medio para que evapore pero evitando excesivo calor para que no se agarre. Ve moviendo con una cuchara de palo larga de vez en cuando. No hace falta retirar la espuma ya que no es tóxica. Desaparecerá sola. 
  5. Pasados 20 minutos reduce el fuego al mínimo. En vitrocerámica directamente apaga y aprovecha el calor que desprende. Añade poco a poco el gelé mezclado con una cucharada de azúcar para que no haga grumos y remueve. Deja que repose a fuego mínimo o apagado (según el caso) 10 minutos.
  6. En caliente la mermelada siempre está más ácida. Así que para probar el sabor y la consistencia pon un poquito en un plato, lo enfrías y lo pruebas. Si está muy líquida añade un poco más de gelé mezclado en azúcar y si te resulta ácida puedes añadirle más azúcar. Vuelves a dejar que repose a fuego mínimo o apagado (según el caso) 10 minutos. El azúcar que rectificas ahora no se cristaliza. Eso solo pasa en mermeladas saturadas de azúcar. Éste no es el caso.
  7. Prepara los botes. Moja las tapas en ron y los bordes de los tarros. Los rellenas de la mermelada caliente, cierras y los colocas bocabajo para que hagan el vacío. Con los tarros aún templados sin llegar a enfriar del todo, los lavas en agua corriente para eliminar restos de mermelada y mojas de nuevo en ron el borde del cierre. Dura muchos meses guardado en un lugar seco y sin luz directa. Cada 2-3 meses, vuelvo a echar un poquito de ron en los bordes.

Waffles, en busca del gofre perdido

Me tomo un rato para que sepas que te quiero. Porque si no vengo, no es por falta de afecto, ya lo sabes. Porque si estoy callada no es razón de estarme mordiendo la lengua sino una simple cuestión de ir con ella fuera todo el rato. Llevo muda, cuanto? deja que calcule... 4 semanas justas. Lo sé, prometí que no volvería a las andadas, que iba a ser más cumplidora y organizada pero qué puedo hacer? el tiempo guerrea conmigo, me trae y me lleva a su antojo y aunque mi cabeza intenta imponer su propia voluntad, el cuerpo se deja llevar por las horas, los días y a poco que me descuide los lustros... por la parte que me toca, yo no quiero que corra tanto, me gustaría que frenara un poquitico, que me dejara disfrutar de todo con plenitud, sin sofocos ni fatigas. Pero va a ser que no. O corres o el muy canalla se larga sin ti.
Me gustaría retenerlo y disfrutar más de la niñez de Lucas que veo que se escapa, que crece sin miramientos y cada día es más muchacho dejando de reclamarme como lo hacía antes. Quiero retener al niño en mis pupilas, esas miradas ingenuas que poco a poco se van disolviendo por picardias, bromas y otras trastadillas de muchachote. Me gustaría coger a Álvaro y achicarle de un plumazo, hacerles de la misma edad y mantenerlos siempre así de canijos, eternamente en el limbo de las faldas de su madre que si voy más de pantalones es solo una cuestión práctica de estos ajetreos diarios porque si el tiempo me dejara depilarme las pantorrillas a mis medias pongo por testigo de que siempre llevaría falda...
Sí, me gustaría retenerlo al muy traidor para saber y aprender más: algo de fotografía, pintar al óleo, leerme los Episodios Nacionales y hasta la Espasa Calpe. Me gustaría saber más de todo. Poder cuestionar e investigar cada barbaridad que nos hacen creer, saber el por qué de cada cosa. Saciar mis ganas de conocimiento y para cuando me harte, ese día devolver al mundo todo cuanto me dio y entonces me gustaría retener el tiempo para poder enseñar a cada hijo de vecino, todo cuanto en la vida aprendí. Y mientras. por supuesto, seguir con lo mío sin hacer feos ni a las obligaciones ni a los placeres de mi vida, mis fregoteos diarios y tortillas de andar por casa. Lo típico, lo normal, que no aspiro a columpiarme de un guindo... y mira, estaba convencida que no iba a pedir nada más que tiempo pero a la que tomo conciencia de lo que escribo me doy cuenta que para cumplir mis deseos necesitaría o ser del planeta de superman o disponer de un montón de píldoras vigorizantes -o algo peor- o cuando menos una destilería de red bull en mi sótano para que las fuerzas no me abandonen por un alma más pausada y apática sin ambiciones maratonianas...
Y así las cosas, con mi gozo en un pozo, regreso al principio de mi post. Vengo a decirte que me falta tiempo para todo y que como le tengo tan limitadito, me toca priorizar y que a día de hoy mis chicos ganan por goleada y se comen mi tiempo libre entre risas y bromas -unas veces- y quejas y broncas otras que en esta casa como te imaginarás gastamos de todo. Pero disfrutando, así te lo digo. Borré facebook de mi movil y cuando disfruto de un día familiar o con amigos, el susodicho se queda en casa. Doy fe que hay vida después de tener un perfil en redes sociales. Muy saludable, créeme. Desde hace meses, no me conecto a nada después de cenar. Ejerzo de filete tirado en el sofá con el Günter a mi vera viendo la única tele del día. A veces toca enterarse de lo que le pasa al mundo y otras echar un par de risillas con los del big bang theory o los Simpsom. Cada oveja con su pareja y la cabra al monte... Ah! y los fines de semana y fiestas de guardar, un dulce como está manda'o.
El mundo Waffle -gofre para los parlantes en españó- es uno de esos universos que me fascina. Me gustan a rabiar y si me corto y no los hago con más frecuencia, es simplemente por la concentración calórica que pueden llegar a amasar estas dulzuras. Antes de entrar a explicar los míos, enseñarte esta receta de mi requeteamada Vicky que he tenido el gusto de probar -los waffles, no a Vicky- y puedo afirmar que están para morirse en el acto sino fuera porque el afán glotón del buche te regresa del otro mundo solo para poder seguir engullendo el mortal gofre. Uno puede morirse y revivir tanto como de cantidad de gofres se disponga. Eso sí, a los de Vicky le quité el romero. Ese día sentí que no estaba para romerías pero cualquier domingo de estos cae con verde...
Pero, en este afán mío de extraer grasa y azúcar de los bollos sin pudor alguno, creo que es ésta la receta más succionada con la que me he encontrado sin perder sabor ni jugosidad. Porque recetas con menos maleantes sí que he encontrado pero con resultados bastante mediocres y una cosa no puede quitar a la otra. La encontré aquí y es de una chica que tiene por costumbre pasarse los domingos dándole al waffle.

Yo te voy a mostrar como hacerlos. Cómo y con qué zamparlos es cosa tuya porque lo cierto es que no sé que recomendar. Hemos probado con casi de todo encima y no sabría decir con qué me gustan más. Eso sí, el bichejo lo tiene requeteclaro...

Ingredientes para 6-7 waffles:
  • 3 huevos
  • 1/4 cdita. de sal
  • 70 gr. de azúcar
  • vainilla
  • ralladura de limón o de naranja
  • 250 gr. de harina repostera
  • 1 cda. de polvos químicos de hornear
  • 250ml. de Buttermilch (puede que admita un poco más)
  • 70gr. de mantequilla (usé 50ml. de aceite suave)
  • un poco de mantequilla para frotar la plancha de gofres

Preparación:
  1. Poner todos los ingredientes juntos y los bates con ayuda de la minipimer. 
  2. Calientas la plancha de hacer los gofres. Justo antes de verter la masa, unta las placas con mantequilla.
  3. Vierte masa hasta cubrir las placas, cierra la plancha y espera a que se doren. Consumir aún tibias.

Roti Canai hecho en Austria por una españolita

¿Es ético que una guisandera paletita y poco viajada como yo publique tantas recetas exóticas? ¿tengo que haber hecho turisteo en el lugar originario de ciertas manducas para que sean creíbles? ¿las cosa del comer tienen sellos de autenticidad? ¿y bajo qué reglas? y esto, ¿qué le importan a mis papilas gustativas? 
Existe -o existió, no sé si aún se mueve este tema- une leyenda de real food orientada a dar credibilidad a la cocina foránea y en en particular sobre la cocina asiática. Curiosamente, me he topado con alguno de estos real food que habían publicado un gazpacho hecho con chiles, tabasco y hasta con pesto de albahaca... también recuerdo como hace 4-5 años que se puso de moda en USA el ajoblanco porque una parejita muy mona de San Francisco habían hecho un tour por los pueblos blancos andaluces. Sopa de almendras que se sirve con uvas. Hasta aquí el concepto claro pero que eso de comerlas enteras no les debió de seducir del todo y oye! a la licuadora con las uvas. El caso, es que salieron un montón de replicantes contando que en el sur de España se come una sopa fría de almendras y uvas. Me entró el furor patrio y a la parejita del tour que yo dí por los originarios de la moda, les dejé un mensaje en la entrada diciendo que no, que es sopa de almendras -o pasta tipo dip para untar, que va a gustos- y que las uvas son un acompañamiento y que hay quién las come y quién las deja. Confesé que yo, las dejo. Siempre. Y hasta hoy. No me contestaron. No he llegado a saber si lo de las uvas en la licuadora fue un arrebato de creatividad o un cortocircuito cultural. Vaya usted a saber, amigo mío!
Otras veces, para reforzar -o forzar- la credibilidad de un plato, recurrimos a parientes lejanos, parientes de vecinos, vecinos sin emparentar y si no hay más remedio dejamos el parentesco en amistad y contamos eso de mi amiga tal... tengo pruebas y puedo demostrarlo porque en este blog encontrarás más de una referencia a mis amigas internacionales y tengo en mente pillar por banda a las que aún se me resisten porque donde vivo somos como la ONU, solo nos hace falta que nos pongan un casco azul. Pues en esta categoría de recetas también he encontrado más de un fiasco. La mayoría de las recetas que los americanos de las barras y estrellas llaman lo que sea al estilo alemán nada tienen que ver con la realidad germana. Algún blog latino, en su inocencia, se han sacado a una tía de una vecina o la prima de una amiga que era de Bavaria y le pasó la receta. Yo me parto claro, que puedo hacer si no.
Es evidente que en cualquier momento nos las pueden dar con queso con intención de la buena o con picardias. Cada cual sabe, yo leo blogs pero no las mentes de los autores. Pero yo me pregunto. Y si está bueno, por qué no. A mí me da igual quién se cree con más derecho o credibilidad a la hora de publicar comida internacional. Me da igual si es adaptada al gusto local o de cada casa. A Jamie Oliver le he visto hacer unas tapas españolas nada ortodoxas pero con una pinta brutal. Por qué no? porque es guiri? solo pueden innovar los nativos? Si está rico, que más da?
Y aquí es donde hago la gran crítica de siempre. A mí me fastidia la falta de honestidad y me da igual si la receta es mentirosa o quien me la cuela es la entradilla que acompaña a la susodicha. Una anécdota: ves una receta que te entra por los ojos directa al píloro, las fotos jugosas y grandiosas. Cuando la haces y en privado comentas "cachis, pues mira que me salió un poco insípido" quien en su blog había repetido ochocientos por dios que rico me dice "pues sí, a nosotros también nos pareció insípido". Me cachis, me cachis y recachis! y me lo dices ahora!!!! sobra decir que desde ese momento vivo en un sin vivir, porque me gustaría poder avisar que la receta no es buena, que podría mejorarse o habría que añadirla a la lista de engrudos. Una reflexión: el éxito de los blogs sobrevino porque la gente no se fiaba de la calidad de muchos libros de cocina. Alguno conservo de esos que de cada 3 intentos dabas con una cosa buena. El resto terminaba echando raíces en mi nevera.
El caso es que si una receta funciona, si está rico un plato, a mí me vale sin que nadie me acredite bandera, sellos de aduanas o facturas de hotel. Lo que busco es lo mismo que en mi blog intento transmitir. Doy fe que todo lo que ves en mi recetario, está aquí porque me gusta. Algunas cosas las tuve que hacer dos veces. A veces para mejorar la receta de origen y a veces porque yo me equivoqué y rectifiqué lo que no debía. En cada receta, cuento mi experiencia que no será infalible pero es sincera.

Dicho esto, puedo tirarme el pisto de ser una experta comedora de tortas de pan. Es algo que nos chifla en casa y que no pierdo ocasión de probar algo nuevo. En este amasa y prueba sin salir de casa -y sin guía turístico- he aprendido mucho. Y cuanto más aprendo, más me doy cuenta que muchas tortas de pan son requeteviajeras y que los m'semen que se cuecen en Marruecos son casi idénticos a las parathas y a estos roti canai malayos. Son tortas tradicionales de las comunidades musulmanas así que la intuición explica porqué han pateado -y chapoteado- tantos miles de kilómetros. Creo que puedo decir que son mis favoritas aunque también te digo que siempre las últimas, son las que parecen más sabrosas...
Ingredientes:
  • 300gr harina común
  • 1 cdta. de sal
  • 1 cda. de azúcar
  • 1/3 de vaso de aceite o ghee
  • 1 huevo
  • 3/4 de vaso de leche

Notas:
  1. de las muchas recetas que he visto y probado de los roti canai, la que más me gusta es ésta de aquí. La receta fue publicada en una revista malaya y tienes la particularidad que se hace con leche condensada. Yo no la uso así que la he reemplazado por mi leche de granjero.
  2. Es posible que no necesites usar los 3/4 del vaso de leche. Yo sí he preferido empezar por una masa muy muy hidratada y luego ir rectificando con harina. Siempre que empiezo al revés, es decir, hidratando una masa dura, no me queda tan elástica la masa y en estos panes planos es fundamental.
  3. Respetar los reposos es también muy importante. No pasa nada si dejas preparadas las porciones por la mañana aunque no las necesites hasta la cena. Cuanto más reposa, más blanda es la masa.
  4. Hacer la masa en procesadora de alimentos ( o amasadora o varillas eléctricas )es mucho más rápida. Yo últimamente he dejado de amasarla al 100% a mano porque me quita mucho tiempo. Hago un 50% a 50%. 

Preparación:
  1. En la procesadora, pon todos los ingredientes (menos el aceite) y amasa unos 3 minutos. Deja que repose 5 minutos para que la harina se desarrolle. Transfiere la masa a la encimera enharinada y vas amasando a mano e incorporando algo de harina a medida que te haga falta. Cuando esté blanda y compacta dejas que descanse 15 minutos para que el harina del amasado se desarrolle.
  2. Mójate las manos en aceite y haz bolas de unos 75gr. Las cubres con film de plástico y las reservas otros 5 minutos. Coge una bola y la impregnas bien en aceite o mantequilla clarificada (ghee) o si lo deseas una mezcla de ambas para que cojan el sabor al ghee. La vas extendiendo con las manos, primero el centro hasta que tienes el cilindro inicial, y luego tirando de los bordes con los dedos de las manos. Para que quede muy muy fina la vas ahuecando y estirando tal y como te muestro en las fotos de abajo.
  3. Una vez estirada, mojas levemente la superficie en la mezcla de aceite, y pliegas hasta tener un cuadrado (mira las fotos). Las cubres de nuevo con el film y las reservas hasta que las vayas a freír, siempre en le último momento para que lleguen calientes a la mesa. 
  4. Antes de freír, las tienes que volver a estirar con las manos o si lo prefieres con ayuda de un rodillo (a mano quedan más hojaldradas). Tienes que quedar muy finas y no te importe si algo se rompen. Sobre todo, cuida que los bordes queden muy finos. Pro último, las fríes en una sartén. Primero calientas la sartén a fuego alto, lo reduces a medio y las cocinas como un minuto por cada lado.